La Sirenita es una de las obras más conmovedoras de Hans Christian Andersen, publicada en 1837. Esta historia narra el amor imposible de una joven sirena por un príncipe humano, y el extraordinario sacrificio que está dispuesta a hacer por él. A diferencia de la versión popularizada por Disney, el cuento original de Andersen es una profunda reflexión sobre el amor no correspondido, el sacrificio y la búsqueda del alma inmortal. Una historia que ha conmovido a generaciones y que revela la maestría de Andersen para explorar las emociones humanas más profundas.
Cuento de La Sirenita
En lo más profundo del océano, donde el agua es tan azul como los pétalos del aciano más hermoso y tan clara como el cristal más puro, vivía el Rey del Mar con sus súbditos. Su palacio estaba construido con coral y conchas de nácar, y tenía un techo de ostras azules que se abrían y cerraban con el movimiento del agua. En cada concha brillaba una perla que habría sido el orgullo de la corona de cualquier reina.
El Rey del Mar era viudo desde hacía muchos años, y su anciana madre se encargaba de cuidar el palacio y de sus seis nietas, las princesas del mar. Las seis eran hermosas, pero la más joven era la más bella de todas. Su piel era suave y delicada como un pétalo de rosa, sus ojos azules como el mar más profundo, y como todas las sirenas, no tenía pies, sino una cola de pez brillante y plateada.
Las princesas pasaban el día jugando en los grandes salones del palacio, donde crecían flores vivas en las paredes. Cuando se abrían las grandes ventanas de ámbar, los peces entraban nadando, igual que las golondrinas entran volando en nuestras casas. Los peces se acercaban a las princesas, comían de sus manos y se dejaban acariciar.
Fuera del palacio había un gran jardín con árboles de color rojo fuego y azul oscuro, cuyos frutos brillaban como oro y cuyas flores parecían llamas. El suelo era de arena finísima, pero azul como el azufre ardiente. Un resplandor azul maravilloso lo cubría todo; más parecía que uno estuviera en lo alto del aire, con el cielo arriba y abajo, que en el fondo del mar.
Cada princesa tenía su propio pedacito de jardín, donde podía plantar lo que quisiera. Una le dio forma de ballena, otra de sirena, pero la más joven hizo el suyo redondo como el sol y plantó solo flores rojas como él. Era una niña extraña, callada y pensativa. Mientras sus hermanas adornaban sus jardines con las cosas más curiosas que obtenían de los barcos naufragados, ella solo quería, además de sus flores rojas, una estatua de mármol blanco que representaba a un hermoso muchacho, tallada en piedra clara y bajada al fondo del mar tras un naufragio.
Lo que más le gustaba a la sirenita era escuchar historias sobre el mundo de arriba, el mundo de los humanos. Su abuela tenía que contarle todo lo que sabía sobre barcos, ciudades, personas y animales. Le parecía maravilloso que las flores de la tierra tuvieran perfume, pues las del fondo del mar no olían a nada, y que los bosques fueran verdes y los peces que se veían entre las ramas pudieran cantar tan alto y tan bonito que daba gusto oírlos. La abuela llamaba “peces” a los pájaros, pues de otro modo las niñas no la habrían entendido, ya que nunca habían visto un pájaro.
—Cuando cumpláis quince años —les decía la abuela—, tendréis permiso para subir a la superficie del mar y sentaros a la luz de la luna en las rocas, y ver pasar los grandes barcos.
Al año siguiente, la mayor de las hermanas cumplió quince años y subió a la superficie. Cuando regresó, tenía cientos de cosas que contar. Lo más hermoso, dijo, era estar tumbada a la luz de la luna en un banco de arena, contemplando la gran ciudad cercana a la costa, donde las luces brillaban como cientos de estrellas, escuchar la música, el ruido de los carruajes y las voces de las personas, y ver las torres de las iglesias con sus campanas.
¡Cómo escuchaba la sirenita más joven! Y cuando por la noche se asomaba a la ventana abierta y miraba hacia arriba a través del agua azul oscura, pensaba en la gran ciudad con todo su ruido y bullicio, y le parecía oír las campanas de las iglesias.
Al año siguiente, la segunda hermana tuvo permiso para subir y nadar a donde quisiera. Salió justo cuando el sol se ponía, y ese espectáculo le pareció lo más hermoso. Todo el cielo parecía de oro, dijo, y las nubes… ¡no podía describir su belleza! Rojas y violetas habían pasado sobre su cabeza, pero mucho más rápido que ellas, como un largo velo blanco, había volado una bandada de cisnes salvajes por encima del agua, hacia donde se ponía el sol.
El tercer año subió la tercera hermana. Era la más atrevida de todas, y nadó por un ancho río que desembocaba en el mar. Vio hermosas colinas verdes cubiertas de viñas, castillos y granjas que asomaban entre los bosques, oyó cantar a los pájaros, y el sol calentaba tanto que a menudo tenía que sumergirse para refrescarse. En una pequeña bahía encontró un grupo de niños humanos que corrían desnudos y chapoteaban en el agua. Quiso jugar con ellos, pero huyeron asustados.
La cuarta hermana no fue tan atrevida. Se quedó en medio del mar salvaje y dijo que eso era lo más hermoso: se podía ver a muchas millas en todas direcciones, y el cielo parecía una campana de cristal. Había visto barcos, pero muy lejos, como gaviotas. Los delfines habían dado volteretas, y las grandes ballenas habían lanzado chorros de agua por sus orificios nasales.
Le llegó el turno a la quinta hermana. Su cumpleaños era en invierno, así que vio lo que las otras no habían visto la primera vez. El mar estaba completamente verde, y alrededor flotaban grandes icebergs que parecían perlas, dijo, pero eran mucho más grandes que los campanarios de las iglesias construidas por los humanos. Se sentó en uno de los más grandes y dejó que el viento jugara con su largo cabello, pero todos los barcos se alejaban aterrorizados del lugar donde estaba sentada.
Las cinco hermanas, cuando subían a la superficie, siempre quedaban encantadas con las cosas nuevas y hermosas que veían. Pero al cabo de poco tiempo, ya crecidas y con permiso para subir cuando quisieran, se volvieron indiferentes. Añoraban su hogar y decían que el fondo del mar era más hermoso y que se estaba mejor en casa.
Sin embargo, muchas tardes las cinco hermanas se tomaban de las manos y subían juntas a la superficie. Tenían voces más hermosas que cualquier humano, y cuando se acercaba una tormenta y pensaban que algún barco podía naufragar, nadaban delante de él cantando sobre lo hermoso que era el fondo del mar e invitando a los marineros a no tener miedo de bajar. Pero los humanos no podían entender sus palabras, creían que era el sonido de la tormenta, y nunca veían las bellezas del fondo, pues cuando el barco se hundía, los hombres se ahogaban y llegaban muertos al palacio del Rey del Mar.
Cuando las hermanas subían así, tomadas del brazo, la más pequeña se quedaba sola mirándolas, y le entraban ganas de llorar, pero las sirenas no tienen lágrimas, y por eso sufren más.
—¡Ay, si tuviera quince años! —suspiraba—. Sé que amaré el mundo de arriba y a las personas que lo habitan.
Por fin cumplió quince años.
—Bueno, ya eres mayor —dijo su abuela, la vieja reina viuda—. Ven, déjame adornarte como a tus hermanas.
Le puso una corona de lirios blancos en el pelo, pero cada pétalo era la mitad de una perla. Y la vieja hizo que ocho grandes ostras se prendieran a la cola de la princesa para mostrar su alto rango.
—¡Duele! —dijo la sirenita.
—Hay que sufrir para ser bella —respondió la abuela.
La sirenita habría querido quitarse todos aquellos adornos y la pesada corona, pues las flores rojas de su jardín le sentaban mucho mejor, pero no se atrevió a cambiar nada.
—¡Adiós! —dijo, y subió ligera como una burbuja hacia la superficie.
El sol acababa de ponerse cuando la sirenita sacó la cabeza del agua, pero las nubes aún brillaban como rosas y oro, y en el cielo pálido lucía la estrella de la tarde, tan clara y hermosa. El aire era suave y fresco, y el mar estaba en calma. Cerca de ella había un gran barco de tres mástiles, con una sola vela izada porque no había ni una brisa, y los marineros estaban sentados en las jarcias y en los palos. Había música y canciones, y cuando oscureció, se encendieron cientos de luces de colores. Parecía que las banderas de todas las naciones ondeaban en el aire.
La sirenita nadó hasta la ventana del camarote, y cada vez que las olas la levantaban, podía ver a través de los cristales transparentes a muchas personas elegantemente vestidas. El más hermoso de todos era un joven príncipe de grandes ojos negros. No podía tener más de dieciséis años. Era su cumpleaños, y por eso había tanta fiesta. Los marineros bailaban en cubierta, y cuando el joven príncipe salió, más de cien cohetes se elevaron hacia el cielo, iluminándolo como si fuera de día.
La sirenita se asustó y se sumergió, pero enseguida volvió a asomar la cabeza, y le pareció que todas las estrellas del cielo caían sobre ella. Nunca había visto fuegos artificiales. Grandes soles giraban, peces de fuego se lanzaban al aire azul, y todo se reflejaba en el mar claro y tranquilo. En el barco había tanta luz que se veía hasta el más pequeño cabo. ¡Y qué guapo era el joven príncipe! Estrechaba las manos de todos, reía y sonreía, mientras la música sonaba en la hermosa noche.
Se hizo tarde, pero la sirenita no podía apartar los ojos del barco ni del hermoso príncipe. Las luces de colores se apagaron, no se lanzaron más cohetes, no sonaron más cañonazos, pero en lo profundo del mar empezó un ruido sordo. Mientras tanto, ella se mecía en el agua, subiendo y bajando, para poder mirar dentro del camarote.
Pero el barco empezó a ir más rápido, una vela tras otra se desplegaron, las olas crecieron, grandes nubes aparecieron y a lo lejos relampagueaba. ¡Se acercaba una terrible tormenta! Los marineros recogieron las velas. El gran barco se balanceaba y volaba sobre el mar embravecido. Las olas se levantaban como enormes montañas negras que querían aplastar el mástil, pero el barco se hundía como un cisne entre ellas y volvía a elevarse sobre las aguas encrespadas.
A la sirenita le parecía un viaje divertido, pero no a los marineros. El barco crujía, las gruesas tablas se doblaban con los fuertes golpes, el mástil se partió como una caña, y el barco se inclinó de costado mientras el agua entraba en la bodega.
Entonces la sirenita comprendió que estaban en peligro. Ella misma tenía que cuidarse de las vigas y los restos del barco que flotaban en el agua. Por un momento estuvo tan oscuro que no podía ver absolutamente nada, pero cuando un relámpago iluminó el cielo, pudo ver a todos los del barco. Buscaba sobre todo al joven príncipe, y cuando el barco se partió, lo vio hundirse en el mar profundo.
Al principio se alegró mucho, pues ahora bajaría con ella. Pero entonces recordó que los humanos no pueden vivir en el agua y que solo muerto podría llegar al palacio de su padre. ¡No, no debía morir! Nadó entre las vigas y los tablones que flotaban en el agua, sin pensar que podían aplastarla. Se sumergió y volvió a subir entre las olas, y por fin llegó hasta el joven príncipe, que ya casi no podía nadar en el mar tempestuoso. Le fallaban los brazos y las piernas, sus hermosos ojos estaban cerrados, habría muerto si la sirenita no hubiera llegado. Ella le sostuvo la cabeza por encima del agua y dejó que las olas los llevaran a donde quisieran.
Por la mañana había pasado la tormenta. Del barco no quedaba ni rastro. El sol salió rojo y brillante del agua, y pareció que las mejillas del príncipe recobraban la vida, pero sus ojos permanecían cerrados. La sirenita le besó la frente alta y hermosa y le apartó el cabello mojado. Le pareció que se parecía a la estatua de mármol de su jardín. Lo besó de nuevo y deseó que viviera.
Vio tierra firme ante ella, altas montañas azules en cuyas cimas brillaba la nieve blanca como si fueran cisnes posados. Abajo, junto a la costa, había hermosos bosques verdes, y delante de ellos una iglesia o un convento, no sabía bien, pero un edificio. En su jardín crecían naranjos y limoneros, y delante de la puerta había altas palmeras. El mar formaba una pequeña bahía en este lugar, muy tranquila pero profunda, hasta el acantilado donde había arena blanca y fina. Hasta allí nadó la sirenita con el hermoso príncipe, lo tumbó en la arena y tuvo especial cuidado de que su cabeza quedara elevada bajo el cálido sol.
Las campanas del gran edificio blanco empezaron a sonar, y muchas jóvenes salieron por la puerta al jardín. La sirenita se alejó nadando y se escondió detrás de unas grandes rocas que sobresalían del agua, se cubrió la cabeza con espuma de mar para que nadie viera su rostro, y observó quién llegaba hasta el pobre príncipe.
No pasó mucho tiempo antes de que una joven llegara hasta donde él estaba. Pareció asustarse mucho, pero solo por un momento. Luego fue a buscar a otras personas, y la sirenita vio que el príncipe volvía a la vida y sonreía a todos los que lo rodeaban. Pero a ella no le sonrió, pues no sabía que ella lo había salvado. Se sintió muy triste, y cuando lo llevaron al gran edificio, se sumergió apenada en el agua y regresó al palacio de su padre.
Siempre había sido callada y pensativa, pero ahora lo era mucho más. Sus hermanas le preguntaron qué había visto la primera vez que subió, pero no les contó nada.
Muchas tardes y mañanas subió al lugar donde había dejado al príncipe. Vio cómo maduraban los frutos del jardín, vio cómo la nieve se derretía en las altas montañas, pero al príncipe no lo vio, y siempre regresaba a casa más triste que antes. Su único consuelo era sentarse en su pequeño jardín y abrazar la hermosa estatua de mármol que se parecía al príncipe. No cuidaba sus flores, y crecían como en una selva, por los senderos, entrelazando sus largos tallos y hojas con las ramas de los árboles, hasta que todo quedó muy oscuro.
Por fin no pudo soportarlo más y se lo contó a una de sus hermanas, y enseguida lo supieron todas las demás, pero nadie más, excepto un par de sirenas que no se lo dijeron a nadie salvo a sus amigas más íntimas. Una de ellas sabía quién era el príncipe; también había visto la fiesta en el barco y sabía de dónde venía y dónde estaba su reino.
—¡Ven, hermanita! —dijeron las otras princesas.
Y tomándose de los hombros, subieron del mar en una larga fila, delante del palacio del príncipe.
El palacio era de piedra amarilla brillante, con grandes escalinatas de mármol, una de las cuales llegaba hasta el mar. Magníficas cúpulas doradas se elevaban sobre el tejado, y entre las columnas que rodeaban todo el edificio había estatuas de mármol que parecían vivas. A través de los cristales de las altas ventanas se veían salones espléndidos, con cortinas y tapices de seda, y todas las paredes estaban adornadas con grandes cuadros que daba gusto ver. En medio del salón más grande cantaba una fuente cuyos chorros llegaban hasta la cúpula de cristal del techo, a través de la cual el sol iluminaba el agua y las hermosas plantas que crecían en el gran estanque.
Ahora sabía dónde vivía él, y muchas tardes y noches fue hasta allí. Nadaba mucho más cerca de tierra de lo que se habría atrevido ninguna de las otras. Incluso llegó hasta el estrecho canal, bajo el magnífico balcón de mármol que proyectaba una larga sombra sobre el agua. Allí se sentaba a contemplar al joven príncipe, que creía estar completamente solo a la luz de la luna.
Muchas noches lo vio navegar con música en su hermoso barco, donde ondeaban las banderas. Ella espiaba entre los verdes juncos, y si el viento atrapaba su largo velo plateado y alguien lo veía, pensaban que era un cisne que extendía las alas.
Muchas noches, cuando los pescadores estaban en el mar con sus antorchas, los oyó decir cosas buenas del joven príncipe, y se alegraba de haberle salvado la vida cuando flotaba medio muerto entre las olas. Y pensaba en lo cerca que su cabeza había descansado de su pecho, y con qué ternura lo había besado. Pero él no sabía nada de eso; ni siquiera podía soñar con ella.
Cada vez quería más a los humanos, cada vez deseaba más subir a su mundo. Le parecía mucho más grande que el suyo. Ellos podían cruzar el mar en barcos, escalar las altas montañas por encima de las nubes, y las tierras que poseían, con bosques y campos, se extendían más allá de donde alcanzaba su vista. Había tantas cosas que quería saber, pero sus hermanas no podían responder a todo, así que preguntó a su abuela, que conocía bien el “mundo superior”, como llamaba con razón a los países que estaban sobre el mar.
—Si los humanos no se ahogan —preguntó la sirenita—, ¿pueden vivir para siempre? ¿No mueren como nosotras aquí en el mar?
—Sí —dijo la anciana—, también tienen que morir, y su vida es incluso más corta que la nuestra. Nosotras podemos vivir trescientos años, pero cuando dejamos de existir, nos convertimos en espuma del mar y no tenemos ni siquiera una tumba aquí abajo entre nuestros seres queridos. No tenemos alma inmortal, nunca volveremos a vivir. Somos como los verdes juncos: una vez cortados, no vuelven a reverdecer. Los humanos, en cambio, tienen un alma que vive eternamente, que sigue viviendo después de que el cuerpo se ha convertido en polvo. Se eleva por el aire claro, hasta las estrellas brillantes. Igual que nosotras subimos del agua para ver los países de los humanos, ellos suben a lugares hermosos y desconocidos que nosotras nunca veremos.
—¿Por qué no tenemos alma inmortal? —preguntó triste la sirenita—. Yo daría los trescientos años que puedo vivir por ser humana un solo día y luego participar del mundo celestial.
—No debes pensar en eso —dijo la anciana—. Nosotras somos mucho más felices y mejores que los humanos de arriba.
—Entonces, ¿moriré y flotaré como espuma en el mar, sin oír la música de las olas ni ver las hermosas flores ni el sol rojo? ¿No hay nada que pueda hacer para conseguir un alma inmortal?
—No —dijo la anciana—, solo si un humano te amara tanto que fueras para él más que su padre y su madre, si se aferrara a ti con todo su pensamiento y todo su amor e hiciera que el sacerdote pusiera su mano derecha en la tuya con la promesa de serte fiel aquí y en la eternidad, entonces su alma pasaría a tu cuerpo y también tú participarías de la felicidad humana. Él te daría un alma y conservaría la suya. Pero eso nunca podrá suceder. Lo que aquí en el mar es hermoso, tu cola de pez, allá arriba lo encuentran feo. No entienden de eso; para ser guapa allí hay que tener dos torpes soportes que ellos llaman piernas.
La sirenita suspiró y miró triste su cola de pez.
—¡Estemos contentas! —dijo la anciana—. Saltemos y briquemos en los trescientos años que tenemos de vida. Es tiempo más que suficiente. Luego descansaremos más a gusto en la tumba. Esta noche hay baile en palacio.
Fue una fiesta espléndida, como no se ve nunca en la tierra. Las paredes y el techo del gran salón de baile eran de cristal grueso pero transparente. Cientos de enormes conchas, rojas y verdes, estaban en filas a cada lado, con un fuego azul que iluminaba todo el salón y brillaba a través de las paredes, de modo que también el mar de fuera estaba iluminado. Se veían innumerables peces, grandes y pequeños, que nadaban hacia las paredes de cristal; las escamas de algunos brillaban rojas, las de otros como oro y plata.
Por el medio del salón fluía un ancho río en el que bailaban los tritones y las sirenas al son de su propio y hermoso canto. Los humanos de la tierra no tienen voces tan bellas. La sirenita era la que cantaba más hermosamente de todos, y todos aplaudían. Por un momento sintió alegría en su corazón, pues sabía que tenía la voz más bella de todas, en el mar y en la tierra. Pero pronto volvió a pensar en el mundo de arriba; no podía olvidar al hermoso príncipe ni su pena por no tener, como él, un alma inmortal. Por eso salió a hurtadillas del palacio de su padre, y mientras dentro todo era cantos y alegría, se sentó triste en su pequeño jardín.
Entonces oyó el sonido de un cuerno a través del agua y pensó: “Seguro que ahora está navegando allá arriba, aquel a quien quiero más que a mi padre y a mi madre, aquel en quien están fijos todos mis pensamientos y en cuya mano pondría la felicidad de mi vida. Me atrevería a todo para conquistarlo a él y un alma inmortal. Mientras mis hermanas bailan en el palacio de mi padre, iré a ver a la bruja del mar, a la que siempre he temido tanto. Quizá ella pueda aconsejarme y ayudarme.”
La sirenita salió de su jardín hacia los remolinos rugientes tras los cuales vivía la bruja. Nunca había ido por aquel camino. No crecían flores ni hierbas marinas; solo el fondo desnudo, gris y arenoso, se extendía hacia los remolinos, donde el agua giraba como ruidosas ruedas de molino y arrastraba todo lo que encontraba hacia la profundidad.
Tuvo que atravesar aquellos remolinos terroríficos para llegar al territorio de la bruja del mar. Durante un largo trecho, el único camino pasaba por encima de un barro caliente y burbujeante, que la bruja llamaba su “turbera”. Detrás estaba su casa, en medio de un extraño bosque. Todos los árboles y arbustos eran pólipos, mitad animales y mitad plantas. Parecían serpientes de cien cabezas que brotaban del suelo. Todas las ramas eran brazos largos y viscosos, con dedos como gusanos flexibles, y se movían articulación por articulación, desde la raíz hasta la punta. Se enroscaban alrededor de todo lo que podían agarrar en el mar y nunca lo soltaban.
La sirenita se detuvo muy asustada; su corazón latía de miedo, casi da media vuelta. Pero entonces pensó en el príncipe y en el alma humana, y cobró valor. Se ató su largo cabello flotante alrededor de la cabeza para que los pólipos no pudieran agarrarlo, cruzó ambas manos sobre el pecho y salió disparada a través del agua, como solo pueden volar los peces, pasando entre los horribles pólipos que extendían hacia ella sus brazos y dedos flexibles.
Llegó a un gran claro pantanoso en el bosque, donde grandes serpientes de mar, gordas y amarillas, se revolcaban mostrando sus feos vientres blanquecinos. En medio del claro se levantaba una casa construida con huesos de náufragos humanos blanqueados. Allí estaba sentada la bruja del mar, dejando que un sapo comiera de su boca, igual que los humanos dan de comer azúcar a un canario. A las horribles serpientes de mar gordas las llamaba sus pollitos y las dejaba revolcarse sobre su gran pecho esponjoso.
—Sé lo que quieres —dijo la bruja del mar—. Es una tontería por tu parte, pero saldrás con la tuya, porque te traerá desgracia, mi hermosa princesa. Quieres deshacerte de tu cola de pez y en su lugar tener dos muñones para caminar como los humanos, para que el joven príncipe se enamore de ti y puedas conseguirlo a él y un alma inmortal.
Y la bruja se rio tan fuerte y tan feo que el sapo y las serpientes cayeron al suelo y se revolcaron.
—Llegas justo a tiempo —dijo la bruja—. Mañana al salir el sol ya no podría ayudarte hasta dentro de un año. Te prepararé una poción con la que nadarás a tierra antes de que salga el sol. Te sentarás en la playa y te la beberás, y tu cola se partirá y se encogerá hasta convertirse en lo que los humanos llaman “piernas bonitas”. Pero te dolerá; será como si una espada afilada te atravesara. Todos los que te vean dirán que eres la criatura humana más encantadora que han visto. Conservarás tu forma de andar flotante; ninguna bailarina podrá deslizarse como tú. Pero cada paso que des será como pisar cuchillos afilados, como si tu sangre fuera a brotar. Si quieres sufrir todo esto, te ayudaré.
—Sí —dijo la sirenita con voz temblorosa, y pensó en el príncipe y en ganar un alma inmortal.
—Pero recuerda —dijo la bruja—: una vez que hayas tomado forma humana, nunca podrás volver a ser sirena. Nunca podrás bajar por el agua hasta tus hermanas ni al palacio de tu padre. Y si no ganas el amor del príncipe, de modo que por ti olvide a padre y madre, se aferre a ti con todo su pensamiento y haga que el sacerdote una vuestras manos para que seáis marido y mujer, no conseguirás un alma inmortal. La primera mañana después de que él se case con otra, tu corazón se romperá y te convertirás en espuma del mar.
—Lo acepto —dijo la sirenita, pálida como la muerte.
—Pero también tienes que pagarme —dijo la bruja—, y no es poco lo que pido. Tienes la voz más hermosa de todos los del fondo del mar, y con ella crees que podrás hechizarlo. Pero esa voz tienes que dármela a mí. Quiero lo mejor que tienes a cambio de mi preciosa poción. Tengo que poner mi propia sangre en ella para que sea tan afilada como una espada de doble filo.
—Pero si me quitas la voz —dijo la sirenita—, ¿qué me quedará?
—Tu hermosa figura —dijo la bruja—, tu forma de andar flotante y tus expresivos ojos. Con eso puedes hechizar un corazón humano. Vamos, ¿has perdido el valor? Saca la lengua para que te la corte como pago, y tendrás la poderosa poción.
—Que así sea —dijo la sirenita.
Y la bruja puso su caldero al fuego para preparar la poción mágica.
—La limpieza es buena —dijo, y fregó el caldero con las serpientes, que había atado en un nudo. Luego se hizo un corte en el pecho y dejó caer su sangre negra. El vapor formaba las figuras más extrañas, que daban miedo de ver. A cada momento la bruja añadía algo nuevo al caldero, y cuando hervía a borbotones, sonaba como un cocodrilo llorando. Por fin la poción estuvo lista; parecía el agua más clara.
—Aquí la tienes —dijo la bruja.
Y le cortó la lengua a la sirenita, que se quedó muda: no podía cantar ni hablar.
—Si los pólipos te agarran cuando vuelvas por mi bosque —dijo la bruja—, solo tienes que echarles una gota de esta poción, y sus brazos y dedos se harán mil pedazos.
Pero la sirenita no tuvo que hacerlo. Los pólipos se apartaron aterrados al ver la poción brillante que relucía en su mano como una estrella centelleante. Así pasó rápidamente por el bosque, el pantano y los rugientes remolinos.
Podía ver el palacio de su padre. Las antorchas se habían apagado en el gran salón de baile. Seguramente todos dormían, pero no se atrevió a ir a verlos ahora que estaba muda y a punto de abandonarlos para siempre. Le pareció que el corazón se le iba a romper de pena. Se deslizó hasta el jardín, tomó una flor de los parterres de cada una de sus hermanas, lanzó mil besos hacia el palacio y subió por el mar azul oscuro.
El sol aún no había salido cuando vio el palacio del príncipe y subió por la magnífica escalinata de mármol. La luna brillaba clara y hermosa. La sirenita bebió la ardiente y punzante poción, y fue como si una espada de doble filo le atravesara el delicado cuerpo. Se desmayó y quedó como muerta.
Cuando el sol brilló sobre el mar, despertó y sintió un dolor agudo. Pero justo delante de ella estaba el hermoso príncipe joven. Clavó sus ojos negros en ella de tal modo que tuvo que bajar los suyos, y entonces vio que su cola de pez había desaparecido y que tenía las piernas blancas más bonitas que una joven pudiera tener. Pero estaba completamente desnuda, así que se envolvió en su largo y espeso cabello.
El príncipe preguntó quién era y cómo había llegado allí. Ella lo miró tiernamente y a la vez con tristeza con sus ojos azul oscuro, pues hablar no podía. Él la tomó de la mano y la llevó al palacio. Cada paso que daba era, como le había advertido la bruja, como pisar punzones afilados y cuchillos, pero lo soportó de buena gana. De la mano del príncipe subió ligera como una burbuja, y él y todos los demás se maravillaron de su forma de andar graciosa y flotante.
Le dieron preciosos vestidos de seda y muselina. Era la más bella de todo el palacio, pero estaba muda: no podía cantar ni hablar. Hermosas esclavas vestidas de seda y oro salieron a cantar ante el príncipe y sus padres reales. Una cantó mejor que las demás, y el príncipe aplaudió y le sonrió. Entonces la sirenita se entristeció, pues sabía que ella había cantado mucho mejor. Pensó: “¡Si él supiera que por estar con él he dado mi voz para siempre!”
Luego las esclavas bailaron danzas graciosas y ondulantes al son de la más hermosa música. Entonces la sirenita levantó sus hermosos brazos blancos, se puso de puntillas y se deslizó por el suelo como nadie lo había hecho nunca. Con cada movimiento su belleza se hacía más evidente, y sus ojos hablaban más profundamente al corazón que el canto de las esclavas.
Todos estaban encantados, especialmente el príncipe, que la llamaba su “pequeña huérfana”. Ella bailaba una y otra vez, aunque cada vez que sus pies tocaban el suelo era como pisar cuchillos afilados. El príncipe dijo que debía quedarse siempre con él, y le permitió dormir en un cojín de terciopelo delante de su puerta.
Le hizo confeccionar un traje de montar para que pudiera acompañarlo a caballo. Cabalgaban por los bosques perfumados, donde las verdes ramas le rozaban los hombros y los pajaritos cantaban entre las hojas frescas. Con el príncipe escalaba las altas montañas, y aunque sus delicados pies sangraban de modo que hasta los demás podían verlo, ella se reía y lo seguía hasta que veían las nubes navegar allá abajo como una bandada de pájaros camino de tierras lejanas.
Por la noche, en el palacio del príncipe, cuando los demás dormían, salía a la ancha escalinata de mármol y se refrescaba los pies ardientes en el agua fría del mar, y entonces pensaba en los suyos, allá abajo en las profundidades.
Una noche llegaron sus hermanas tomadas del brazo, cantando tristemente mientras nadaban sobre el agua. Ella les hizo señas, y la reconocieron y le contaron cuánta pena les había causado. Después de aquello, la visitaban cada noche, y una noche vio a lo lejos a su vieja abuela, que no había subido a la superficie desde hacía muchos años, y al Rey del Mar con su corona en la cabeza. Le tendían los brazos, pero no se atrevían a acercarse tanto a tierra como las hermanas.
Día a día el príncipe la quería más; la quería como se quiere a una niña buena y encantadora, pero nunca se le ocurrió hacerla su reina. Y ella tenía que convertirse en su esposa, o no conseguiría un alma inmortal, y a la mañana siguiente de la boda de él se convertiría en espuma del mar.
“¿No me quieres más que a todos los demás?”, parecían decir los ojos de la sirenita cuando él la tomaba en sus brazos y le besaba la hermosa frente.
—Sí, eres la más querida para mí —decía el príncipe—, porque tienes el mejor corazón de todos. Me eres más devota que nadie, y te pareces a una joven que vi una vez y que seguramente nunca volveré a encontrar. Estaba en un barco que naufragó; las olas me arrastraron a tierra cerca de un templo sagrado donde servían varias jóvenes. La más joven me encontró en la playa y me salvó la vida. Solo la vi dos veces. Ella es la única a quien podría amar en este mundo, pero tú te pareces a ella, casi has borrado su imagen en mi alma. Ella pertenece al templo sagrado, y por eso mi buena suerte te ha enviado a mí. Nunca nos separaremos.
“¡Ay, no sabe que fui yo quien le salvó la vida!”, pensó la sirenita. “Lo llevé sobre el mar hasta el bosque donde está el templo. Me escondí entre la espuma y observé si venía alguien. Vi a la hermosa joven a quien quiere más que a mí.” Y suspiró profundamente, pues llorar no podía. “La joven pertenece al templo sagrado, ha dicho. Nunca saldrá al mundo, nunca volverán a encontrarse. Yo estoy con él, lo veo cada día, lo cuidaré, lo amaré, le entregaré mi vida.”
Pero pronto se rumoreó que el príncipe iba a casarse con la hermosa hija del rey vecino, y por eso equipaba un magnífico barco. El príncipe viaja a visitar las tierras del rey vecino, se decía, pero en realidad va a ver a la hija del rey. Lo acompañará un gran séquito.
La sirenita movió la cabeza y sonrió. Conocía los pensamientos del príncipe mucho mejor que los demás.
—Tengo que viajar —le había dicho—. Tengo que ver a la hermosa princesa; mis padres lo exigen. Pero no me obligarán a traerla a casa como mi esposa. No puedo amarla. No se parece a la hermosa joven del templo, a quien tú te pareces. Si alguna vez tuviera que elegir una novia, te elegiría a ti antes, mi pequeña huérfana muda de los ojos elocuentes.
Y le besó los labios rojos, jugó con su largo cabello y apoyó su cabeza sobre su corazón, que soñó con la felicidad humana y un alma inmortal.
—No tienes miedo del mar, ¿verdad, mi muda niña? —dijo él cuando estaban en el espléndido barco que lo llevaba a las tierras del rey vecino.
Y le habló de las tormentas y las calmas, de los extraños peces de las profundidades y de lo que habían visto los buzos. Ella sonrió ante sus relatos, pues sabía mejor que nadie lo que había en el fondo del mar.
En la clara noche de luna, cuando todos dormían excepto el timonel que estaba al timón, ella se sentó en la borda y miró hacia abajo a través del agua clara. Le pareció ver el palacio de su padre. Arriba, en lo más alto, estaba su anciana abuela con la corona de plata en la cabeza, mirando hacia arriba a través de las fuertes corrientes hacia la quilla del barco. Entonces sus hermanas subieron a la superficie, la miraron con tristeza y retorcieron sus blancas manos. Ella les hizo señas, sonrió y quiso contarles que todo iba bien y que era feliz. Pero se acercó el grumete del barco, y las hermanas se sumergieron, y él pensó que lo blanco que había visto era espuma del mar.
A la mañana siguiente, el barco entró en el puerto de la espléndida capital del rey vecino. Sonaban las campanas de todas las iglesias, y desde las altas torres soplaban las trompetas, mientras los soldados se cuadraban con banderas ondeantes y bayonetas brillantes. Cada día había una fiesta. Bailes y recepciones se sucedían, pero la princesa aún no había llegado. Se educaba, decían, lejos de allí, en un templo sagrado, donde aprendía todas las virtudes reales.
Por fin llegó.
La sirenita estaba ansiosa por ver su belleza, y tuvo que reconocerla. Nunca había visto una criatura más encantadora. Su piel era fina y delicada, y tras las largas pestañas oscuras sonreían unos ojos azul oscuro y fieles.
—¡Eres tú! —exclamó el príncipe—. ¡Tú, que me salvaste cuando yacía como muerto en la playa!
Y estrechó entre sus brazos a la sonrojada novia.
—¡Oh, soy tan feliz! —dijo a la sirenita—. Lo más maravilloso que nunca me atreví a esperar se ha cumplido. Tú te alegrarás de mi felicidad, pues eres la que más me quiere de todos.
La sirenita le besó la mano y sintió que su corazón se rompía. La mañana de la boda de él la convertiría en espuma del mar.
Sonaron todas las campanas de las iglesias, los heraldos cabalgaron por las calles anunciando el compromiso. En todos los altares ardía aceite perfumado en costosas lámparas de plata. Los sacerdotes balanceaban los incensarios, y los novios unieron sus manos y recibieron la bendición del obispo.
La sirenita, vestida de seda y oro, sostenía la cola del vestido de la novia, pero sus oídos no escuchaban la música festiva ni sus ojos veían la sagrada ceremonia. Pensaba en la noche de su muerte, en todo lo que había perdido en este mundo.
Esa misma tarde, los novios subieron a bordo. Retumbaron los cañones, ondearon las banderas, y en medio del barco se levantó una tienda real de oro y púrpura con los cojines más mullidos, donde la pareja nupcial dormiría en la tranquila y fresca noche.
Las velas se hincharon con el viento y el barco se deslizó suave y casi sin movimiento sobre el mar tranquilo.
Cuando oscureció, se encendieron lámparas de colores y los marineros bailaron alegres danzas en cubierta. La sirenita recordó la primera vez que había subido del mar y había visto la misma fiesta y esplendor. Y se dejó llevar por el baile, flotando como una golondrina perseguida, y todos la admiraban, pues nunca había bailado tan maravillosamente. Era como si cuchillos afilados le cortaran los delicados pies, pero no lo sentía: el dolor en su corazón era mucho mayor. Sabía que aquella era la última noche que lo vería, aquel por quien había abandonado a su familia y su hogar, entregado su hermosa voz y sufrido tormentos interminables cada día, sin que él lo supiera.
Era la última noche que respiraría el mismo aire que él, que vería el mar profundo y el cielo lleno de estrellas. La esperaba una noche eterna sin pensamientos ni sueños, a ella que no tenía alma ni podía conseguirla.
Y la alegría en el barco duró hasta mucho después de medianoche. Ella reía y bailaba con pensamientos de muerte en el corazón. El príncipe besó a su hermosa novia y ella jugó con el cabello negro de él, y del brazo entraron a descansar en la magnífica tienda.
Todo quedó en silencio en el barco; solo el timonel estaba al timón. La sirenita apoyó sus brazos blancos en la borda y miró hacia el este esperando el alba. El primer rayo de sol, lo sabía, la mataría.
Entonces vio a sus hermanas subir del mar. Estaban tan pálidas como ella. Sus largos y hermosos cabellos ya no flotaban al viento; se los habían cortado.
—Se lo hemos dado a la bruja para que te ayude y no mueras esta noche. Nos ha dado un cuchillo. ¡Mira qué afilado está! Antes de que salga el sol, tienes que clavarlo en el corazón del príncipe. Cuando su sangre caliente salpique tus pies, se unirán y volverán a formar una cola de pez, y serás de nuevo una sirena, y podrás bajar con nosotras al mar y vivir tus trescientos años antes de convertirte en espuma de mar muerta y salada. ¡Date prisa! Él o tú tenéis que morir antes de que salga el sol. Nuestra vieja abuela está tan afligida que se le ha caído todo el pelo blanco, como se nos cayó el nuestro bajo las tijeras de la bruja. ¡Mata al príncipe y vuelve! ¡Date prisa! ¿Ves esa franja roja en el cielo? Dentro de unos minutos saldrá el sol, y entonces morirás.
Y con un extraño y profundo suspiro, se hundieron en las olas.
La sirenita apartó la cortina púrpura de la tienda y vio a la hermosa novia dormida con la cabeza sobre el pecho del príncipe. Se inclinó, lo besó en la hermosa frente, miró al cielo donde el rubor del alba crecía más y más, miró el afilado cuchillo y volvió a fijar los ojos en el príncipe, que en sueños murmuraba el nombre de su esposa. Solo ella estaba en sus pensamientos.
El cuchillo tembló en la mano de la sirenita… pero entonces lo arrojó lejos, a las olas. Brillaron rojas donde cayó, como si gotas de sangre brotaran del agua. Una vez más miró con ojos vidriosos al príncipe, se lanzó desde el barco al mar y sintió cómo su cuerpo se disolvía en espuma.
El sol salió del mar. Sus rayos caían suaves y cálidos sobre la espuma fría como la muerte, pero la sirenita no sentía la muerte. Veía el sol brillante y, sobre ella, flotaban cientos de seres transparentes y hermosos. A través de ellos podía ver las velas blancas del barco y las nubes rojas del cielo. Sus voces eran melodía, pero tan etéreas que ningún oído humano podía escucharlas, igual que ningún ojo terrenal podía verlas. Sin alas, flotaban por su propia ligereza por el aire. La sirenita vio que tenía un cuerpo como el de ellas, que se elevaba cada vez más de la espuma.
—¿Hacia quién voy? —preguntó, y su voz sonó como la de los otros seres, tan etérea que ninguna música terrenal podía reproducirla.
—Hacia las hijas del aire —respondieron las otras—. Una sirena no tiene alma inmortal y nunca puede tenerla, a menos que gane el amor de un humano. Su eternidad depende de un poder extraño. Las hijas del aire tampoco tienen alma inmortal, pero pueden ganarse una por sus buenas acciones. Nosotras volamos a los países cálidos, donde el aire pestilente de la peste mata a los humanos; llevamos frescura. Esparcimos el aroma de las flores por el aire y enviamos alivio y curación. Cuando nos hemos esforzado durante trescientos años en hacer todo el bien que podemos, conseguimos un alma inmortal y participamos de la eterna felicidad de los humanos. Tú, pobre sirenita, has luchado de todo corazón como nosotras; has sufrido y soportado, y te has elevado al mundo de los espíritus del aire. Ahora, con buenas acciones, puedes crearte un alma inmortal en trescientos años.
Y la sirenita levantó sus brazos transparentes hacia el sol de Dios, y por primera vez sintió lágrimas.
En el barco había de nuevo ruido y vida. Vio al príncipe con su hermosa esposa buscándola. Con tristeza miraban la espuma burbujeante, como si supieran que se había arrojado a las olas. Invisible, besó la frente de la novia, sonrió al príncipe y, con las otras hijas del aire, subió a la nube rosada que navegaba por el cielo.
—Dentro de trescientos años flotaremos así al reino de Dios.
—Podemos llegar antes —susurró una—. Entramos invisibles en las casas de los humanos donde hay niños, y por cada día que encontramos un niño bueno que alegra a sus padres y merece su amor, Dios acorta nuestro tiempo de prueba. El niño no sabe que volamos por la habitación, y cuando sonreímos de alegría por él, se nos resta un año de los trescientos. Pero si vemos un niño malo y desobediente, tenemos que llorar lágrimas de pena, y cada lágrima añade un día más a nuestro tiempo de prueba.
— Fin —
Moraleja de La Sirenita
Este profundo cuento de Andersen explora temas universales:
El amor verdadero requiere sacrificio. La sirenita renunció a todo por amor: su voz, su familia, su mundo. El amor auténtico implica dar sin esperar nada a cambio.
La bondad trasciende la muerte. Aunque la sirenita no consiguió el amor del príncipe, su sacrificio final la elevó a una existencia superior. Su bondad fue recompensada de una manera inesperada.
No podemos obligar a nadie a amarnos. A pesar de todo lo que hizo, la sirenita no pudo ganar el corazón del príncipe. El amor no puede ser forzado ni comprado.
El sufrimiento tiene un propósito. Cada dolor que soportó la sirenita la acercó a ganar un alma inmortal, aunque por un camino diferente al que esperaba.
Versión Corta de La Sirenita
La sirenita más joven del Rey del Mar cumple quince años y sube a la superficie, donde ve a un príncipe en un barco. Cuando hay una tormenta, ella le salva la vida. Se enamora de él y visita a la bruja del mar, quien le da una poción para tener piernas a cambio de su voz. Si el príncipe se casa con otra, morirá y se convertirá en espuma. La sirenita vive en el palacio, pero el príncipe se enamora de otra princesa (a quien cree que lo salvó). La noche de la boda, sus hermanas le dan un cuchillo: si mata al príncipe, volverá a ser sirena. Ella no puede hacerlo y se arroja al mar al amanecer. En lugar de morir, se convierte en hija del aire, con la oportunidad de ganar un alma inmortal a través de buenas acciones.
Datos Curiosos del Cuento
- Publicación: Hans Christian Andersen publicó La Sirenita (Den lille Havfrue) en 1837.
- Autobiográfico: Andersen escribió este cuento tras el rechazo amoroso de Edvard Collin, hijo de su benefactor. Muchos ven en la sirenita un reflejo del propio Andersen y su amor no correspondido.
- Final original vs Disney: En la versión de Disney (1989), Ariel consigue al príncipe. En el original de Andersen, el príncipe se casa con otra y la sirenita muere, aunque se transforma en espíritu del aire.
- La estatua de Copenhague: La famosa escultura de La Sirenita en el puerto de Copenhague fue inaugurada en 1913 y es uno de los símbolos de Dinamarca.
- Nombre: En el cuento original, la sirenita no tiene nombre. “Ariel” fue creado por Disney.
- Crítica social: Algunos estudiosos ven en el cuento una crítica a las rígidas estructuras sociales del siglo XIX, donde el amor entre diferentes clases era imposible.
- El dolor constante: El detalle de que cada paso le dolía como pisar cuchillos simboliza el sufrimiento que implica renunciar a tu verdadera naturaleza.
Preguntas Frecuentes
- ¿Quién escribió La Sirenita original? El cuento fue escrito por Hans Christian Andersen y publicado en 1837. Es muy diferente de la versión de Disney de 1989.
- ¿Cuál es el final original de La Sirenita? En el cuento original, el príncipe se casa con otra princesa. La sirenita tiene la oportunidad de matarlo para volver a ser sirena, pero no puede hacerlo. Se arroja al mar y, en lugar de convertirse en espuma, se transforma en hija del aire con la posibilidad de ganar un alma inmortal.
- ¿Por qué la sirenita pierde su voz? La bruja del mar le exige su voz como pago por la poción que le dará piernas. La sirenita acepta porque cree que podrá conquistar al príncipe con su belleza y sus ojos expresivos.
- ¿Es La Sirenita un cuento triste? Sí, es uno de los cuentos más melancólicos de Andersen. Aunque el final ofrece esperanza (la sirenita puede ganar un alma inmortal como hija del aire), no consigue el amor del príncipe.
- ¿Por qué el príncipe no se enamora de la sirenita? El príncipe cree que fue otra joven (la princesa del templo) quien lo salvó del naufragio. Nunca supo que fue la sirenita quien realmente le salvó la vida.
- ¿Cuál es la moraleja de La Sirenita? El cuento habla sobre el amor sacrificado, la imposibilidad de forzar el amor de alguien, y cómo la bondad puede ser recompensada de maneras inesperadas.
Otros cuentos de amor:
- El Soldadito de Plomo (Andersen)
- El Príncipe Feliz (Oscar Wilde)
- La Bella y la Bestia
Otros cuentos de Andersen:
- Pulgarcita
- El Patito Feo
- La Princesa y el Guisante
- El Ruiseñor
